Por Juan Titos Martínez
Aquella noche la calle parecía mas limpia. Había llovido y el suelo reflejaba las luces de las farolas y los escaparates. Ya era tarde y no había tráfico. Era la hora de retirada de los borrachos. “Hay que tener cuidado con los frenazos”, pensó.
Vio una sombra en un portal y le pareció que algo se había movido. Paró el coche y alumbró con la linterna.
No podía ser... Aquello era imposible y, sin embargo, era él, sin duda. Siempre había sido buen fisonomista y no podía equivocarse. Allí estaba, delante, sucio y harapiento, intentando taparse los ojos, deslumbrado por la linterna.
Sintió un fuerte dolor en el pecho y casi no podía respirar. Un tremendo hormigueo comenzó a subirle por las piernas y los brazos.
Todo se detuvo, el mundo dejó de girar y una maraña de recuerdos se le agolparon. Era algo así como lo que ocurre en las películas donde, de repente, una niebla invade la pantalla y el personaje se traslada al pasado para iniciar la historia o eso que cuentan de la antesala de la muerte, la entrada al túnel, que en unos segundos, dicen, toda la vida anterior pasa por la mente de uno.
¿Seis años ya?
Parecía mentira pero a veces le costaba recordar su cara. Era como si se le borraran de la mente sus facciones y, sin embargo, se acordaba perfectamente de otros detalles como su voz o sus andares.
Paco quizás no fuera el mejor de los policías, ni tampoco el mejor de los patrulleros, pero era su compañero y con él había trabajado más de diez años seguidos. Diez o quizás, doce. No diez, seguro, fue en el 90 cuando vinieron destinados y seis más que habían pasado... Si diez años juntos.
Fue casualidad. No se conocían. A los dos les destinaron al 091 como podían haberles mandado a otro sitio, y resulta que congeniaron. Paco era lo suficientemente aseado y educado para que su presencia no resultara incomoda, sino mas bien todo lo contrario.
Días, semanas, meses... Noches y noches trabajando juntos. Vigilancias en polígonos, atracos, robos, malos tratos, borrachos y hasta alguna parturienta. Y así durante diez años. Cientos de servicios prestados juntos en ese tiempo.
No iba con ellos eso que tantas veces habían oído a algunos veteranos de que “el mejor servicio es el que no se hace” o lo de que a “enemigo que huye, puente de plata”. Ser policía era, y en eso estaban los dos de acuerdo, casi lo más importante de sus vidas.
Las noches. Diez horas hasta el relevo son muchas horas. Por la noche parece que son más. Hasta el amanecer en la calle, conscientes de que eran los encargados de que los demás descansaran, de que la ciudad les había brindado el privilegio de convertirlos en los reyes de la noche. Parecía que estaban obligados a extremar el celo, a estar más pendientes. Una de las frases favoritas de Paco a los novatos era “gastad cuidado, que de noche todos los gatos son pardos” . Y precisamente la noche se lo había llevado.
Y todo porque sí. No para buscar un ascenso u otro destino mas cómodo, más seguro y probablemente mejor pagado; ni siquiera una medalla o una palmada en la espalda. Lo hacían porque querían, porque era su oficio y su ocio; porque estaban convencidos de que no había ninguna profesión como aquella; en ninguna otra se podían sentir tan útiles y de ninguna obtendrían tanto placer y orgullo por el servicio bien hecho. Valía la pena decir al acabar el servicio “amigo… Unas cervezas que no las hemos ganado”, con la satisfacción y el regusto que queda por lo bien hecho.
¿Como un hermano? No sabía. No tenía, pero de haberlos tenido hubiera querido que fueran como él.
Paco era millonario en cosas inútiles. Los perros le adoraban, hacía los más inverosímiles nudos marineros que ni un profesional sería capaz y contaba los chistes como nadie. Les daba el justo punto de intriga necesario para llegar a la sorpresa final. ¿Sabes el último? preguntaba. Y efectivamente era el último, no la repetición del contado días antes.
De vez en cuando y ante cualquier comunicado que dieran por el equipo, con una rapidez extraordinaria se le ocurrían los más geniales comentarios, mordaces o irónicos, que hacían reír al más estirado. Decía que servían “para levantar la moral de la tropa”. Debían de estar de acuerdo los jefes porque nunca nadie le llamó la atención.
Cuando iba a su pueblo siempre traía algo, tomates, patatas o embutido de la matanza, y cuando tocaba turno de noche aparecía con unos bocadillos preparados por Encarnita “para la noche, que es muy larga”. Siempre dos, uno para él y otro para el compañero.
Rara vez hablaba de sus problemas. Cuando operaron a su mujer no dijo nada. Lo supo porque un día le pidió que le acercara y esperase en el parking del Hospital mientras el subía a ver cómo estaba. “Es que han operado a Encarnita de sus partes”, es todo lo que dijo, y tampoco daba pie a preguntar más.
Sin embargo sabía escuchar y uno sentía como que, hasta que no le contabas lo que fuera que te inquietara, no te quedarías tranquilo. No reñía, ni aconsejaba, todo lo más al final decía, “no te apures, eso se arregla”.
Era muy celoso de su intimidad, pero a veces se le escapaba que le hubiera gustado tener una niña y que más adelante, quizás cuando el niño terminara el bachiller, se presentaría a sargento, aunque eso le costara el traslado, pero que ahora en el colegio iba muy bien y no era cosa de aventuras con el chico.
¿Como no quererle?..Compañero, amigo.. un hombre entero con sus problemas, alegrías, ilusiones..
Aquella noche... ¿Quién conduce? Llévalo tú, dijo Paco, como tantísimas otras noches. No le gustaba conducir de noche. Sobre las tres de la mañana vieron cómo una silueta, al ver el coche de la policía, se intentaba esconder en un portal. Paco descendió rápido y se fue hacia él, le quedaba por su lado.
No le dio tiempo. El patrullero se lo había preguntado más de un millón de veces. ¿Hubiera podido impedirlo? ¿Si hubiera hecho esto o aquello, habrían sido las cosas igual? ¿y si hubiera conducido Paco? La cabeza se le volvía loca con las preguntas, pero lo cierto es que estaba allí, lo vio todo y no pudo evitarlo. Paco se bajo del coche y se fue hacía el tipo que parecía esconder algo. Era drogadicto sin duda. Su cara era el reflejo de miles de chutes. Y aquella media sonrisa engañó a Paco, que bajó la guardia y se confió. No tuvo tiempo. El otro saco la navaja y se la clavó. También fue mala suerte porque el tipo era debilucho y no parecía tener muchas fuerzas, pero la puñalada fue certera, directa al corazón.
Paco no dijo nada. Se llevó la mano a la herida y se miró la sangre. Sus ojos se perdieron en el vacío, y todo lo demás no fue otra cosa que silencio. Un maldito silencio.
“Paco, levanta. Levántate, Paco. Venga Paco, venga”. Mientras, el tipo, un delgaducho enclenque, intentaba irse, aunque no le costó esposarle y meterle en el coche. “No te escapas, canalla. Qué has hecho, hijo ****, qué has hecho”, repetía. Todo se le agolpaba: Cogió el equipo y llamo a la Sala, casi gritó: Aquí Z-40, Z-40 ¡Han pinchado a Paco... Le han pinchado. Ayuda.. Un médico, un médico...!
La boca seca y la calle… Qué calle era, dónde estaban… “Paco… Paco… Respira, Paco, ya vienen”. Y el silencio que seguía. Ni fuerzas tenía para conseguir que se sentara. Yacía de lado y sus ojos todavía estaban abiertos. Puso su pañuelo sobre la herida y apretó hasta que le dolió la muñeca, “que no pierda ni una gota más” y de rodillas, abrazado a él por el cuello, le hablaba, más bien le gritaba, como si quisiera que le oyera allí a donde se estuviera yendo: “Venga Paco, venga hombre, no te mueras, ******, no te mueras”, pero todo el barrio supo por su desespero que Paco había muerto.
“Tengo que ir, tengo que ser yo. No puedo dejar que se lo diga nadie, es mi obligación, se lo debo”. El patrullero llamó al portero automático. Ella salió al rellano. Se imaginaba algo. Aquella visita del compañero de su marido a las cuatro de la mañana tenía que ser por algo malo, pero no lo peor. ¡No puede ser. No, por Dios no¡ Y el niño con todo el miedo del mundo asomado desde la puerta de su cuarto preguntando ¿Mamá, que pasa? ¡Dios mío, Dios mío... Hijo, han matado a Papá, le han matado” .
Serían unos minutos pero parecieron siglos los que pasaron mientras ella y el chico se ponían algo. Había pedido a los compañeros de la Brigada que le dejaran un camuflado para que ella no fuera en el “Z” sentada donde los “chorizos”. Viaje interminable. ¿Que ha pasado? ¿Donde ha sido? ¿Donde está? ¿Quién ha sido? ¿A ti te ha pasado algo? Dios... Qué difícil contestar a las preguntas.
Allí estaba toda la Comisaría y media ciudad. Los compañeros pusieron una bandera de España sobre su ataúd y se acabaron secando los ojos de tanta lágrima. Un nudo en la garganta de la mayoría. De Madrid había venido un alto cargo que leyó algo y colocó una cruz sobre el féretro, luego se la dieron a Encarnita. El chico siempre a su lado, recibiendo pésames con una dignidad y apostura impropia para sus quince años, como un hombrecito, con sus pantalones grises y su chaqueta azul y ya sin lágrimas. El alcalde dijo que iban a dar su nombre a una futura calle de la ciudad y el Comisario anunció que se colocaría una placa en su memoria en la Comisaría.
“Que sepa esta familia que no está sola. Que Paco era como un hermano y esta corporación sabrá cuidar de las familias de sus miembros más queridos”.
Dejó pasar un par de días, recogió sus pocas cosas de la taquilla y se las llevó a Encarnita. Durante un tiempo estuvo llamándola casi a diario. ¿Hace falta algo? ¿Has ido al banco, al habilitado? Pero luego lo fue dejando. La gente podía pensar otra cosa y además, cada vez le costaba más y más trabajo hablar con ella. No tenía nada que decirle. Era mejor que el asunto se enfriara.
De la placa nunca se supo. Preguntó una vez por ella y el jefe le dijo que era mejor no ponerla porque podía bajar la moral a la gente. De la calle menos. Hubo un cambio y el nuevo alcalde dijo que no asumía los compromisos del anterior.
Los jueces pensaron que el asesino no era dueño de sus actos, que estaba bajo el síndrome de abstinencia y le “obsequiaron” con todas las atenuantes posibles: No quería matar a nadie, tenía el sida, estaba como loco y pensaba que le querían quitar las papelinas, no se dio cuenta de que era policía... Total, una condena ridícula.
Se enteró por casualidad que le habían soltado y que, al parecer, se había vuelto a Cataluña. No puso interés en confirmarlo, era mejor no saberlo. Tampoco se lo dijo a Encarnita. No valía la pena irle con noticias que lo único que iban a conseguir era indignarla más aún, o que se le fuera la cabeza al niño.
Al niño... A ese muchacho al que, efectivamente, siendo todavía niño, le prometieron todo. Iba a ser policía como su padre. Se lo prometieron cuando todavía su cadáver estaba presente. El señor de Madrid se acercó y le dijo, delante de su madre y de todos: “Algún día tú también serás policía y tu padre estará orgulloso de ti, como ahora todos lo estamos de él”. Eran palabras bonitas y dichas con sentimiento; a casi todos se nos saltaron las lágrimas, las pocas que nos quedaban. Y ya ves en que quedó, después de años de ilusión mirando la foto que había sobre la mesa del comedor con su padre de uniforme, de sacar su título en el Instituto y de machacarse en el polideportivo y en el gimnasio para combatir su tendencia a coger quilos e intentar aumentar algo su estatura, casi al límite. Qué esfuerzo tan enorme para alcanzar a su padre. Cómo se pondría de orgulloso si viviera. Y cuando por fin superó las pruebas y aprobó el temario, un psicólogo de la Policía, de la misma Policía que le hizo la promesa, despiadado y frío como el mármol, como el mismo mármol que tapaba el nicho de su padre, que había dado su vida por esa Policía, le echó para atrás diciéndole que el asesinato de su padre le tendría traumatizado y que no estaba capacitado para ser policía. Que cómo le iban a dar una pistola a un chico con esos problemas.
¿Cómo era posible? Qué canallada del destino era esa que se había cebado de tal modo con los inocentes. Pero… ¿Qué sabía aquel tipejo con bata blanca de lo que era “mamar” la Policía y vivir para serlo? ¿Qué sabía de lo que era oír, devorar lo que contaba su padre de sus servicios? ¿Quién le había facultado para sentenciarle? ¿Quién le había dado aquel poder capaz de convertirle en un desgraciado? Y no hubo forma. El sistema y las nuevas teorías no admitían vocacionales, podían ser peligrosos.
Y ahora, el culpable de todo, la piltrafa que puso en marcha tantas desgracias, estaba enfrente. No había dudas, era “el Catalán”. Con la misma mirada entre inocente y “colgado”. Con esa misma mirada inolvidable. Con esa maldita y canalla misma mirada y media sonrisa con la que asesinó a Paco.
Ahora le tenía… Ahora podía, por fin, poner las cosas en su sitio. Ahora le iba a quitar la risa. Se lo debía a Paco, a su gente, a Encarnita y al niño, a todo el mundo y, sobre todo, se lo debía a sí mismo. Durante noches y noches había visto, (no soñado, porque no podía dormir) aquella mirada. Y ahora podía por fin zanjar el asunto. Aquel gusano podía por fin recibir lo que merecía. Era justo. Uno estaba muerto, su asesino no merecía vivir. Además era fácil. Bastaría con un par de golpes, el enclenque no resistiría.
Pero… ¿Qué le frenaba? ¿Qué se lo impedía? ¿Qué fuerza misteriosa le sujetaba el brazo y no le dejaba lanzarse hacía aquella bazofia, hacía aquella miseria humana? Nadie le iba a echar en falta y el mundo se lo agradecería, era el momento y la oportunidad era clara. “El Catalán” ya había matado antes, era un asesino, nadie dudaría de su palabra si decía que le había atacado. Ahora o nunca.
Pero ¿Qué le pasaba? ¿Por qué le temblaba tanto el brazo? ¿Tan difícil era?
No podía, sencillamente no podía. Algo superior se lo impedía. El no era así. Seguro que aquel gusano no merecía vivir después de lo que pasó, pero ¿qué podía hacer él? No estaba en su mano imponer la justicia sobre la Tierra.
De todos modos ya estaba a su lado. El otro le estaba mirando con aquella misma mirada y aquella misma maldita y bobalicona sonrisa.
Bajó la linterna, le alumbró los brazos y como si de cualquier mendigo se tratara, como en tantas otras ocasiones, el patrullero, con la garganta reseca, simplemente le dijo:
¿Está usted bien? ¿Puedo ayudarle?