- Castillejo, puede retirarse, que ya ha pasado media hora de su horario y ya ha llegado el relevo.
-Hasta mañana, jefe.
El Inspector Gadea tiene un trienio recién cumplido, pero no es mal jefe. Sabe que a mí, con mis treinta y cinco años de servicio y a punto de pasar a la segunda actividad, no se me putea.
A pesar de lo grave que sucedió aquella mañana en Madrid, decidí volver a base, cambiarme, e ir para casa. Casi todos mis compañeros que trabajaron aquella mañana iban a hacer doblete por la tarde, pero a mí no me apetecía, no por nada sino porque ya había demasiados compañeros llegados de toda la ciudad, en servicio y fuera de él. Lo grave ya había pasado. Así que, con el permiso del jefe, me dirijo a mi compañero de prácticas:
-Vámonos, chaval.
El chico me miró con cara extraña, mitad asqueado y mitad dolorido. La verdad, tampoco quise darle mucha importancia. A falta de unos meses para retirarme, a uno casi le da todo igual.
-Deja que conduzca yo.
Le cogí las llaves. Cuando un chaval de prácticas te mira así es peligroso. No porque te vaya a sacar la pipa ni nada, sino porque seguro que está pensando en algo y se le puede dar por una iniciativa alocada. Dichosa juventud, qué ganas de complicarse.
Entonces arranqué el Picasso y comuniqué a sala que nos volvíamos a base. El chico miraba por la ventanilla del zeta en silencio, como jodido. Qué le vamos a hacer, soldado, algo te habrá parecido mal. Ni pienso preguntarle el motivo de su repentino cambio de humor, no sea que me de una mala contestación como aquel desgraciado de prácticas que tuve hace unos años. Felipe, se llamaba el muy cretino, era mallorquín. Con ese chaval tuve un buen mamoneo un día que hice una intervención cogiendo a un borracho que estaba dando por el culo en la vía pública. El borracho estaba encarándose con todo el mundo, incluido nosotros. Y conmigo, a estas alturas, no se encara ni el Subdirector General. El asunto fue que para sacar al alcohólico ése de la vía pública, y para evitar males mayores, lo metí en el coche para llevármelo a comisaría a efectos de identificación. En el camino, sin embargo, sopesé que la iba a montar allí también y que no habría más remedio que detenerlo, escribir, papeleo y juicio. No estaba dispuesto, así que actué a la vieja usanza: lo dejé en un descampado unos kilómetros más allá, para que no molestase. Entonces el chico aquel, Felipe, empezó a gritar cosas que no entendía, como “menuda ilegalidad”, “eres un caimán”, “no pienso consentir esto”,… Hasta ahí iba bien, yo tranquilo escuchándolo sin hacerle mucho caso, porque la verdad es que él no estaba mintiendo, pero cuando me soltó lo de “voy a dar parte de ti” no me quedó más remedio que darle una colleja y recordarle que en este Cuerpo sólo se da parte de los jefes, coño.
Yo seguía conduciendo el Picasso camino a comisaría, recordando a aquel mamón de Felipe, cuando mi chaval de prácticas de aquel día me volvió al presente.
-Mira cuanta gente desesperada.
El chico seguía mirando por la ventana sin dirigir su cara hacia mí. Como no acababa de entender a donde quería él llegar, y para que no me soltase más adivinanzas que me hicieran pensar, paré el zeta en un arcén y me dispuse a aclarar las cosas con él:
-A ver, soldado, qué es lo que pasa.
-Que hoy ha habido un atentado y hay mucha gente que nos necesita.
-Sí, chico, tienes razón. Pero, ¿sabes lo que te digo?, que hemos finalizado nuestro turno y mi mujer me espera en casa con un cocido de los suyos, y no quiero hacerla esperar.
-¿Pero no eres un policía?.
-Sí, lo soy chico. Me he comido mis ocho años en Vascongadas, ¿sabes?, y a mí nadie me lo agradeció. ¿Ves a toda esa gente desesperada corriendo hacia allí? Hoy puede que te agradezcan el que te quedes, pero el día de mañana te llamarán fascista como mínimo.
El chaval me miró y soltó una frase como último recurso:
-Tú has tenido la oportunidad de pasar por ese momento del País Vasco, que algún día será historia y quizás reconozcan lo que hayáis hecho…
El pepinillo hizo una pausa para continuar, casi con lágrimas en los ojos.
-…Y yo no quiero que cuando tenga tu edad y me pregunten qué hice el 11-M diga que me fui para Comisaría al finalizar el turno.
Qué hijo de ****, el chico. Pues va y tiene razón. Qué ======, si no lo hago por mí lo haré por él. Cojo la radio y comunico a sala que volvemos de donde partimos. Enciendo el Picasso y giro 180º.
-Bueno, chico, espero que estés contento. Mira, hasta voy a poner los pirulos para llegar antes.
La cara del soldado se iluminó como cuando montó en el zeta por primera vez hace dos semanas. Su ilusión me hizo olvidar mis frustraciones, mi pasado, y hasta el cocido de la mujer. Al poco volvemos al lugar donde nos despedimos del Inspector Gadea.
-Jefe, que hemos cambiado de opinión, nos quedamos.
Fuente: Por Punto72 (Foro WWW.CEPOLICIA.COM)