Se llama Antonio, pero todos le conocen como el rubio. Lleva 20 años patrullando el distrito Norte de la capital y es toda una institución en barriadas como La Palmilla, La Corta o Los Asperones. Algo que resulta paradójico cuando el protagonista es un policía nacional con cerca de 3.000 detenciones. Pero él es especial. El conocimiento que tiene de estas zonas conflictivas lo convierten en imprescindible tanto para sus superiores como para los nuevos agentes, quienes lo ven como el maestro perfecto para foguearse en unas calles ingratas. Dentro de pocos meses dejará de gastar las suelas de sus zapatos, algo que no deja de rondar la cabeza de quien siempre se ha sentido preso delante de un ordenador. El rubio paladea cada una de sus rondas como si fuese la última y en sus palabras transmite una ilusión que contagia a los que tienen a su lado. Nos permite acompañarle en un viaje más por una realidad que va más allá del delito puro y duro. Le acompaña Antonio. Un agente cuya ilusión le ha convertido en el mejor compañero de este veterano policía. La compatibilidad entre ambos se percibe a través de cada comentario, de cada anécdota, de cada gesto. Pero el aprendizaje es recíproco. El aprendiz sabe que cada palabra de su compañero es un capital impagable.
El coche comienza a rodar y nos adentramos en La Palmilla. Nuestros particulares guías quitan hierro a la fama de la barriada. Cada bloque que sobrepasamos tiene una historia y detrás de sus puertas habitan muchas de ellas. Antonio para frente a la escuela taller Ocúpate y en su puerta saluda a un joven. El diálogo es fluido.
El rubio le pregunta que si han abierto ya el gimnasio y el chaval le dice que sí, pero le pregunta si puede hacer algo para conseguir unos balones de fútbol y unos petos para los partidos. El policía le dice que lo intentará, pero que tienen que contar con él cuando vayan a jugar.
El viaje prosigue. La radiografía del barrio nos muestra zonas ocupadas por nacionalidades. Marroquíes y rumanos forman corrillos en las plazas cercanas a sus viviendas, mientras los subsaharianos han dado un paso más y han creado sus propios negocios. La integración armoniosa es complicada. Aunque la experiencia de tantos años ha demostrado a nuestro protagonista el poder de la palabra. Su compañero Antonio resume la forma de proceder de
el rubio al afirmar que "en dos años y medio que llevo con él nunca ha habido una resistencia ni un atentado. La clave es que trata a todo el mundo como señores".

Esta filosofía laboral hace que los que antaño corrieron delante suya, ahora se paren a saludarlo. Es el caso de un hombre consumido por la droga que está sentado a su lado. El coche policial pasa a su lado y saluda al agente. "¿Lo ves? Hace 15 años nos costaba un gran trabajo cogerlo. Tenía las mejores zapatillas de toda Málaga".
El rubio concibe su labor como una pasión y afirma que el día a día ha permitido que conozca a cada
choro de la barriada, su vida, su progresión, sus raíces. Aunque estén en lados distintos de la ley, muchos encuentran en él un apoyo, un consuelo, y esto se transforma en respeto. "Una vez detuve a un chico al que conocía desde pequeño y no quiso hablar conmigo porque decía que le daba vergüenza por el aprecio que me tenía", recuerda para extraer de su memoria otro arresto "en el que el hombre se empeñó en que antes de acompañarnos a comisaría me tenía que comer un flan con galletas porque lo había hecho su
mama".
La siguiente parada en nuestro viaje son varios de los edificios de la zona. El contraste muestra la realidad de La Palmilla. Una torre de pisos uno encima de otro que parece trasladada del Sarajevo de posguerra junto a un bloque que no desentonaría en cualquier barrio de clase media de la capital. Un toxicómano fumando un
revuelto de heroína y cocaína es la primera imagen que nos encontramos. Empezamos a subir las escaleras y el panorama es desolador. Los dos agentes están curtidos en ese ambiente y se mueven con naturalidad.
El rubio y Antonio despliegan su don de gentes y se paran en cada puerta para interesarse por el estado de alguna persona mayor, algún familiar que se encuentra entre rejas o un piso ocupado por rumanos.
A escasos metros hay otro edificio. Los agentes nos muestran el portal. La limpieza no tiene que envidiar a la de ninguna finca de más renombre. "Esto es La Palmilla", afirma
el rubio, mientras cierra la puerta, cansado de etiquetas desproporcionadas.
El coche patrulla nos lleva a dos rincones poco transitados del barrio: La Yesera y la zona de las cuadras. La primera trae buenos recuerdos a nuestro protagonista. "Cuando llegué a Málaga -es de Granada- veníamos a este bar y jugábamos al futbolín", señala desde el coche, mientras nos aproximamos a un sitio privilegiado.
Aparcamos junto a un gran aljibe desde el que se aprecia toda la barriada. Al fondo, la catedral se funde con el mar. Nos enseña unos cuantos papeles y Antonio bromea: "Es su PDA". La vista remueve la memoria de
el rubio y las anécdotas surgen una detrás de otra. "En el sótano de aquel bloque pasé ocho horas apostado para atrapar a una que vendía drogas y no sabíamos dónde la ocultaba. Pasé todo el tiempo sin luz ni ventilación, con un bajante roto y las ratas mordiéndome las piernas", recuerda. Su dedo se posa sobre otro inmueble para contarnos que los narcos que viven en él cortan la luz para dificultar las vigilancias "y no veamos el trapicheo" y después se acuerda de su compañero
Schumi -"lo llamábamos así por Schumacher, porque era el que más coches recuperaba"- y de aquel día en el que vieron un lujoso Mercedes con las llaves puestas. "Seguimos por este camino y nos topamos con dos hombres mayores muy elegantes. Les dijimos si sabían dónde estaban y que podía ser peligroso. Resultó que eran los dos arquitectos que habían diseñado los edificios del barrio y, ya jubilados, querían verlo de nuevo", rememora el curtido policía, quien sentencia que "siempre he hecho lo mismo: trabajar, trabajar y trabajar".

La siguiente parada es La Palma. En sus calles se percibe esa sensación de estar en
territorio comanche.
El rubio pide que, de hacer fotografías, se hagan con discreción. Se aposta detrás de un muro y pasa de calle a calle con rapidez. Es la única forma de no ser detectados. Los
aguadores están al quite. En una plaza nos muestra un fumadero de revuelto construido con dos tablones y numerosos restos de papel de plata a su alrededor. La calle Cigüela se encuentra a nuestras espaldas. Es un punto conflictivo. En sus proximidades se encuentra un grupo de toxicómanos que fuman su
chiné. Los agentes se dirigen hacia ellos. Una serie de silbidos acompañan cada paso que dan. Es la forma que tienen de avisar de que la Policía está en la zona. Los puntos de venta de drogas toman sus precauciones.
El rubio ve que entre los
yonkis hay una mujer cuya pista siguen. Aún no hay pruebas, pero está detrás de una serie de robos a personas de avanzada edad de la zona. "Empuja a los ancianos que van con andadores y les roba cuando les ayuda a levantarse", señala su compañero, que manifiesta que podría estar detrás de un asalto que sufrió otro mayor que caminaba por la calle con una bombona de oxígeno. Pero es el momento de esperar. Ya caerá.
Es el momento de cambiar de barrio. Destino: La Corta. La visita es breve. Recorremos algunas de sus calles y ponemos rumbo a otra zona caliente: Los Asperones. Pero antes hacemos una parada en el río Guadalmedina.
El coche patrulla se introduce por un carril de tierra. Debajo de un puente se vislumbra una silueta en cuclillas. Los dos agentes corren encorvados y llegan hasta el punto. Hay un joven ruso. Estaba intentado inyectarse heroína. "Estáis viendo algo rarísimo", comenta
el rubio, "hay muy pocos que ya hagan esto". El agente vuelve a hacer gala de su perfil psicológico y se interesa por el estado del joven. Le recomienda que deje la jeringuilla y que acuda a pedir ayuda. El toxicómano, un ciudadano ruso de 19 años, agradece el cariño.
Cuando regresamos al coche nos cuenta su historia: "Viene de Barcelona junto a otros dos compatriotas. Su madre lo anda buscando, pero es mayor de edad y no podemos hacer nada. A pesar de llevar tantos años en la calle, el ver algo así te parte el corazón, pero siempre hay que tirar
palante ". Un día después lo detuvo con una radio robada.
El rubio sabe que las palabras, en muchas ocasiones, son la mejor vía, y en esto ha sentado cátedra. Su superior, el inspector jefe José María Lambea, destaca que "sabe trasladar la teoría a la práctica. Es alguien imprescindible en la comisaría porque conoce el distrito como la palma de su mano y se ha convertido en un personaje más del mismo. Su ausencia va a ser difícil de cubrir. Pero tiene algo muy positivo, que le encanta enseñar lo que sabe a los más jóvenes y esperamos que su legado quede presente en sus compañeros".
Las calles de Los Asperones también son un anecdotario en la vida de este curtido policía. "Aquí es donde se escondía
el chino, un delincuente muy peligroso que durante un tiempo nos trajo de cabeza", recuerda. "Allí encontramos un pony muy valioso que habían robado", manifiesta entre carcajadas al rememorar lo que costó introducir al animal en una furgoneta para trasladarlo a comisaría.
En las calles del barrio es abordado por una mujer que con cierta guasa le recrimina que días atrás arrestase a su marido, mientras otras personas lo saludan a su paso. El respeto está patente.
El viaje llega a su fin. Regresamos a la comisaría, pero el trayecto aún nos deja alguna pinceladas de este agente. "He vivido para la Policía Nacional las 24 horas del día. En días de descanso he bajado a comprar cartulinas y a hacer mapas de sitios en los que teníamos que intervenir", señala, al mismo tiempo que manifiesta que siempre hay que estar ideando cosas para adelantarse a los delincuentes. "La inventiva es fundamental. Siempre estoy ideando nuevas cosas, como los disfraces, para sorprender".
El coche patrulla llega a dependencias policiales.
El rubio tiene otra muesca en su larga carrera. Sus 54 años avisan de que pronto se despedirá de la calle, su pasión. Pero aún le quedan algunas rondas y, junto a su compañero Antonio, cumplirá con su labor cómo el dice: "De forma elegante". Genio y figura.
Fuente: www.malagahoy.es